Los científicos consiguieron inyectar protones en el túnel circular de 27 kilómetros del Gran Colisionador de Hadrones (LHC), que llevó dos décadas y costó 4.000 millones de euros. "En la próxima etapa, el objetivo es simular el Big Bang para hallar las partículas más elementales", explicó a una radio porteña la física argentina María Teresa Dova.
(LA NACION.COM). La Organización Europea de Investigación Nuclear completó este miércoles con éxito la primera prueba del mayor acelerador de partículas en la historia de la ciencia. Después de lanzar un haz de protones por un túnel circular de 27 kilómetros, dos luces blancas titilaron en la pantalla de una computadora indicando que los protones habían completado el recorrido por el enorme dispositivo. Poco después, un segundo haz recorrió el túnel en sentido contrario. Desde distintos puntos del planeta, cientos de científicos siguieron atentamente el procedimiento por televisión vía satélite.
"El siguiente paso será que unos circulan en una dirección y otros en otra y en cierto punto los hacen chocar. Allí se produce una enorme concentración de energía, tal como hubo después del Bing Bang", explicó la física María Teresa Dova, quien encabeza la delegación argentina que trabaja en el experimento, en diálogo con radio Mitre. El objetivo es desentrañar los grandes enigmas que siguen rodeando a la naturaleza de la materia, e identificar con más certeza que nunca los ladrillos fundamentales de los que se componen las estrellas, los planetas y nosotros mismos.
Tras dos décadas de trabajo en el diseño y la construcción de una obra faraónica que ha supuesto una inversión de 4.000 millones de euros, los físicos de todo el planeta esperan ansiosos los primeros resultados de lo que muchos consideran el experimento científico más ambicioso de la Historia. En el proyecto participan 500 universidades del mundo y alrededor de 6.000 físicos e ingenieros, entre los cuales hay ocho argentinos, cuatro egresados de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y otros cuatro de la de La Plata (UNLP). Los argentinos que trabajan en la “máquina de Dios” son Ricardo Piegaia, Gastón Romeo, María Laura González Silva y Francisco González Pinto, de la UBA, y María Teresa Dova, Martín Tripiana, Fernando Monticelli y Javier Anduaga, de la UNLP.
El proyecto, que costó 4.000 millones de euros, comenzó a gestarse hace 12 años cuando el CERN empezó a construir, a 100 metros bajo tierra, un anillo metálico de 27 kilómetros de circunferencia, en el que se instalaron cuatro detectores. En el núcleo, que fue enfriado a 271 grados bajo cero, se producirán grandes colisiones de protones -partículas de la familia de los hadrones- a unos 299.000 kilómetros por segundo, es decir, casi la velocidad de la luz.
Las 600 millones de colisiones por segundo que se producirán generarán partículas, algunas nunca observadas, y los datos recogidos serán enviados a 500 instituciones del mundo. Dos de los detectores, el Atlas y el CMS, fueron diseñados para estudiar el bosón de Higgs, o “partícula elemental de Dios”, supuestamente encargada de dotar de masa a otras partículas.
A su vez, el detector LHCb dilucidará qué pasó con la antimateria en el momento del Big Bang, y el Alice se centrará en las colisiones de iones de plomo, para recrear la “sopa” de quarks y gluones que formaban la materia en los primeros microsegundos del Universo, antes de la aparición de los protones.
La física María Teresa Dova, que dirige el grupo de argentinos que trabaja en el experimento, sostuvo que el Atlas “es el detector de partículas más complejo que se ha construido en la historia. Fue diseñado para responder preguntas tan fundamentales como cuál es el origen de la masa de las partículas y por qué, si en el Big Bang se creó igual cantidad de materia y antimateria, sólo se observa materia en el Universo que nos rodea”.
Millones de protones recorrerán los 27 kilómetros del LHC en un solo sentido, pero no se producirán choques de protones hasta pasados unos meses, cuando se haya verificado su buen funcionamiento a máxima potencia. La idea es inyectar un primer haz, para comprobar si recorre sin problemas el anillo, y luego, si todo va bien, hacerlo en dirección contraria, sin producir colisiones. Los recaudos tienen sus razones: en junio pasado, un grupo de científicos trató de impedir su arranque y denunció ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, Francia, que la “máquina de Dios” podía generar agujeros negros, capaces de aspirar la Tierra y hacerla desaparecer.
La denuncia fue firmada, entre otros, por el profesor alemán y teórico del caos Otto Rössler, y el vienés Markus Goritschnig, pero el CERN mantuvo su postura de que no hay motivos de preocupación, pues “el LCH no hace nada que no se produzca de forma natural en el Universo”; y la denuncia fue desestimada. Con todo, para aplacar los ánimos, el viernes pasado el director general del CERN, Robert Aymar, se vio obligado a firmar un comunicado de prensa: “El LHC es seguro y cualquier sugerencia de que sea peligroso es pura ficción”.
La idea de hacer chocar partículas para luego estudiar los resultados de esa colisión, no es nueva: los primeros aceleradores comenzaron a construirse a mediados del siglo pasado.