Bayer, Osvaldo.
“La Patagonia Rebelde, Tomo II, “La Masacre”
Editorial Planeta, Buenos Aires
Colección Espejo de la Argentina, 1994
“Capitán Anaya: Debe usted marchar dirección Lago Viedma,
margen izquierdo Río Chico y Río Chalía.
Revoltosos se retiran de Paso Ibáñez hacia el Oeste,
trate de cortarles retirada hacia este punto.
Capitán Campos perseguirá mañana desde Paso Ibáñez.
Recomiendo los cabecillas de los grupos,
hay que proceder sin consideración,
llevan numerosas caballadas.”
Estas fueron las ordenes impartidas por el teniente coronel Héctor Benigno Varela, al mando del regimiento 10 de caballería, a uno de sus segundos oficiales en los últimos días de noviembre de 1921, antes de desembarcar en Puerto San Julián.
Para explicar la masacre realizada contra los peones en huelga en Santa Cruz, y en este caso especifico, en lo que actualmente es Gobernador Gregores (estancia Bella Vista, Cañadón León), antes debemos relatar que Varela arribó con precisas órdenes del presidente Yrigoyen de aplicar la pena de muerte en el Territorio Nacional de Santa Cruz, para terminar con las huelgas de los trabajadores que solicitaban que se cumpla el convenio de trabajo firmado unos meses antes en estancia El Tero, por el cual los estancieros debían reconocer las mejoras solicitadas.
El bando de pena de muerte fue publicado por el diario de Río Gallegos “El Nacional”, y trascripto en el informe de Varela al Ministerio de Guerra. Solamente reproducimos un fragmento, y el primero y los dos últimos puntos:
“Si dentro de 24 hs. de recibidas por Uds. la presente comunicación no recibo contestación de que Uds. aceptan el sometimiento incondicional de todos los huelguistas levantados en armas en el Territorio de Santa Cruz, procederé:
1) - A someterlos por la fuerza, ordenando a los Oficiales del Ejército que mandan las tropas a mis órdenes, que los consideren como enemigos del país en que viven.
4) - El que dispare un tiro en contra de las tropas, será fusilado en donde se le encuentre.
5) - Si para someterlos se hace necesario el empleo de las armas por parte de las tropas, prevéngoles que una vez iniciado el combate no habrá parlamento ni suspensión de hostilidades.
Firmado: Varela, teniente coronel, jefe C.10.”
Los huelguistas habían ocupado la localidad de Paso Ibáñez, actual Comandante Luis Piedra Buena, y con la llegada del ejército se repliegan hacia la zona de Cañadón León, sin saberlo, al encuentro con la muerte masiva.
Son dos columnas, una con el dirigente argentino Luis Avendaño y más de cien trabajadores; la otra con el gallego Outerelo y más de 400 huelguistas, llevando 4 mil caballos. Los partes militares de Varela siempre mencionan que fueron atacados por los huelguistas y que al repeler el ataque resultaron muertos los cabecillas y algunos obreros más, sin siquiera heridos para las tropas. ¿Curioso no?
La realidad es que el grupo de Avendaño se entregó a Varela en el paso del Río Chico donde se fusilaron a varias decenas de huelguistas; Avendaño, junto a José Rogelio Ramírez, entre otros, fue llevado prisionero hacia Paso Ibáñez donde lo meten al calabozo junto a otros dirigentes como Antonio Alonso y Manuel Sánchez. Al día siguiente son sacados de la comisaría y luego de ser castigados salvajemente, Avendaño es atado a un alambrado y lo matan de un tiro en la cabeza; a Ramírez, casado, padre de cinco hijos, el mayor de 7 años y el menor de 3 meses, le pegan cinco tiros y aún con vida es enterrado (diario de Río Gallegos “El Radical”). A Alonso luego de la feroz golpiza recibida atado a un poste, lo hacen cavar una fosa y es fusilado; en tanto que a Sánchez, a pesar que por su vida pidieron más de 500 vecinos, lo hacen “desaparecer”, que termino premonitorio que se repitió mas de cincuenta años después.
El final de la columna del gallego Outerelo fue similar, los huelguistas se entregan a las fuerzas del ejército en proximidades de la estancia Bella Vista, en Cañadón León, esperando la solución al conflicto, y las tropas a órdenes de Varela proceden a aplicar la pena de muerte. Primero a los dirigentes, luego a los delegados y finalmente se continuaba con la “depuración de responsabilidades”, es decir, la selección de prisioneros que se enviarían presos a Río Gallegos y los condenados a muerte.
Al gallego Outerelo le tendieron una emboscada cuando se estaba subiendo a un automóvil en el cual viajaban y que se había descompuesto, fue ejecutado junto a todos los dirigentes que viajaban en él.
Fue desde el 2 al 7 de diciembre de 1921. Los huelguistas de Outerelo son encerrados en los galpones de la estancia “Bella Vista”, apaleados salvajemente y luego los obligan a llevar latas de combustible hacia el lugar que actualmente se conoce como Cañadón de los Muertos, allí fusilados y quemados.
Especial mención debemos hacer a la más tétrica de las muertes, la del argentino Armando Camporro, quien durante la primera huelga salvó la vida de varios policías en el enfrentamiento de “El Cerrito”. Luego de hacerlo pasar la noche atado al alambrado como a muchos de los prisioneros y presenciar el fusilamiento de treinta de sus compañeros, lo obligaron a arrancar una gran cantidad de mata negra con la cual rodearon el poste del alambrado al cual estuvo atado, lo hacen desnudar, y vuelto a atar al poste lo prendieron fuego. El más mínimo homenaje sería que una calle de Gobernador Gregores lleve al menos su nombre y cuente su historia.
Sobre la cantidad de muertos la cifra no es coincidente, los testimonios de quienes actuaron del lado de las tropas hablan de cincuenta, mientras que los periódicos anarquistas denunciaron 200 muertos, dando un listado de nombres en algunos casos y la cifra de 196 sobrevivientes. Los fusilamientos fueron ordenados por el capitán Carlos Elbio Anaya, que como vimos al comienzo actuaba de acuerdo a las indicaciones de Varela, quien para esos días ya se había trasladado hacia el Lago Argentino, Estancia Anita, donde se fusiló a centenares de trabajadores santacruceños desde el 7 al 15 de diciembre.
Este relato solamente es parte de lo que fueron los fusilamientos, sin mencionar la tarea de “limpieza” realizada en los días siguientes por toda la zona, mediante la cual se despachaban partidas en todas las direcciones a la caza de todo aquel que haya sobrevivido, escapado, simplemente se lo sospechara o no pudiera comprobar su inocencia.
Terminada la misión, Anaya tiene que seguir en persecución de otro de los dirigentes hacia el norte, dejando a cargo de cuidar el “orden” al teniente primero Aguirre, quien posteriormente deja en esa función al sargento Celestino Dapozo. Este se convirtió durante varias semanas en el dueño de todas las vidas que pasaron por Cañadón León. Recibía las denuncias de los estancieros sobre huelguistas que merodeaban por los alrededores, los buscaba, los llevaba hacia Cañadón León, allí los fusilaba y luego quemaba, en el mismo incipiente pueblo.
Una vez que Dapozo se retiró del pueblo, los viejos pobladores comprobaron que fueron nueve los fusilados, pues esa fue la cantidad de osamentas que vieron, con carne quemada pegada a los huesos, “estaban sobre un planchón de arena que era como una costra formada por sangre, ceniza y grasa humana derretida.” Testimonio de Prudencio Moreno, citado por Osvaldo Bayer.
Luis Milton Ibarra Philemon
Archivo Histórico Municipalidad de El Calafate
Presidente: “Comisión por la Memoria de las Huelgas Patagónicas de 1921”
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