Fue Vicario General de la Diócesis en Río Gallegos y artífice de transformar la capilla de María Madre de la Iglesia, en una Parroquia de la que fue el primer párroco. Todavía es recordado entre sus feligreses por su inconmensurable dedicación, su trabajo a destajo y la sencillez que irradiaba desde su ser.
Río Gallegos (PP). Mucha es la información que se encuentra con solo citar su nombre, donde se destacan muchísimos logros y todos los pasos que dio, en más de 50 años dedicados a la Iglesia. A pesar del intachable legado que dejó entre los Salesianos, la mejor forma de conocerlo es interiorizándose con personas que compartieron sus alegrías y tristezas, esas que lo fortalecieron aún más para seguir con su objetivo: los jóvenes.
Portal Patagónico pudo contactarse con Beatriz Ahumada, quien compartió con el Padre Olivieri sus trabajos desde 1980. Con entereza y una predisposición absoluta, aceptó la propuesta de recordar a "quien quiero como si fuera mi segundo padre".
Su capilla que transformó en Parroquia
Al comenzar la búsqueda de la persona que compartió a su lado, María Inés Torra que trabaja en el Archivo del Obispado de Río Gallegos, nos aseguraba que "el Padre transformó la Capilla María Madre de la Iglesia, en una Parroquia de la cual fue el primer párroco". Para poder conocer desde adentro al Padre Olivieri, nos recomendó ponernos en contacto con Beatriz Ahumada, quien recuerda que lo conoció justamente "cuando se hizo cargo de la pequeña capilla, desde el comienzo lo quisimos por su sencillez y bondad".
Todo inicio es difícil y las tareas por hacer, surgen como agua de manantial, "así que había que organizar la catequesis, la liturgia, los sacramentos y hasta limpiar los pisos. De a poco con un pequeño grupo fuimos colaborando en esas tareas, las misas, los bautismos, las bodas y los sacramentos de primera comunión y luego confirmación" recuerda Ahumada, quien participaba del grupo del ACA, en liturgia, catequesis y luego llevó la parte contable casi dos décadas.
Con todo el trabajo realizado en la Capilla, sumado al apoyo del monseñor Miguel Ángel Alemán y a "la donación de Adveniat, pudimos construir el templo tras varias reuniones en muchas noches, porque él no se animaba a comenzar y yo lo animaba diciéndole que lo íbamos a hacer" recuerda Betty, quien además agregó que hasta "se hizo el Sagrario en el centro como él quería, Jesús sobre todo". Otro de los trabajos importantes, fue la llegada del Centro Parroquial gracias a la donación de sus ex compañeros del Colegio Nacional; con ello por fin tuvo aulas para sus cursos de catequesis, para los grupos apostólicos y sobre todo para los chicos.
Al hablar de lo que transmitía, acotó: "te diré que era como Don Bosco en nuestra época. Afable, dispuesto a escuchar a sus fieles, piadoso y muy mariano. Su mirada era transparente y reflejaba la bondad de su alma, su sonrisa nos animaba" afirma Ahumada, quien además compartió con Portal Patagónico aquellos detalles que aún se recuerdan por cada lugar donde él estuvo: "sus gestos más recordados, es cuando movía la mano para decir que algo estaba 'más o menos', o bien con el pulgar hacia arriba que significaba 'adelante, todo bien'. También simulaba con su mano un corte de tijera, para que cortaran con algún tema, en especial cuando hablaban de él".
Los últimos años
Hasta llegar al 21 de Junio de 2005, fecha en la que ingresó al cielo, el Padre padeció una enfermedad que lo fue disminuyendo físicamente. Beatriz Ahumada compartió también esos momentos, "cuando ya estaba casi postrado, muchas veces he tenido el honor de llevarle la Eucaristía, incluso pocas horas antes de su Pascua". Por ello, Betty habla con conocimiento de causa y asegura que "jamás se quejó de sus dolencias, sólo se contrariaba al no poder expresarse con su voz y a veces no comprendíamos lo que deseaba decirnos. Hasta el final recuerdo su gesto bendiciendo, siempre bendiciendo a quienes lo visitábamos en su lecho. Y hasta que sus piernas dijeron basta, aún en silla de ruedas, su lugar era el confesionario, allí esperaba pacientemente a sus fieles durante horas para aliviar sus cargas y darnos ánimo en las dificultades".
Entre las acciones que realizaba a menudo, "pasaba por nuestras casas dejándonos la revista Salesiana o el Mensajero del Corazón de Jesús, con partes por él subrayadas para destacarle algo a cada uno según su carisma". Entre los gestos de este hombre salesiano que era adepto al fútbol (hincha de Racing Club), y que tenía al tango como música predilecta ('Cambalache' era su canción preferida), Beatriz nos cuenta desde el corazón mismo que "otro gesto muy habitual de él, era frotarse el corazón con la mano para indicar algo que quería decir y no podía expresar con palabras, más aún cuando ya no podía hablar y usaba los gestos para comunicarse. En sus últimos tiempos, en el confesionario tenía impresa la fórmula del sacerdote para la absolución y mientras él la rezaba, uno podía leer lo que no podía escuchar de su boca".
Como buen salesiano amaba a la Virgen María Auxiliadora, "por él la amo también, pero la Virgen era su Madre y la festejaba en toda ocasión" comenta Ahumada, quien en esta oportunidad ofició como vocera de un grupo de personas que vivieron, compartieron, sientieron, disfrutaron y sufrieron junto al Padre Olivieri. Por último, asegura creer que "no le quedó nada por hacer, no tomaba vacaciones nunca, solo se ausentaba por enfermedad, aún me parece verlo caminar con su viejo portafolios de cuero raído, su sotana al viento, su boina vasca y su bufanda, siempre sonriendo y saludando por el barrio. Luego apoyándose en su bastón y más tarde en su silla de ruedas, así nos dejó su ejemplo de sacerdote y su afecto permanente a quienes lo frecuentamos tantos años. Seguro que desde el cielo nos mira sonriendo".
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