Portal Patagonico
Número 33
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Del Paso Beban al Lago Fagnano

SEGUNDA PARTE. Una vez superados los pasos Beban 1 y Beban 2, la segunda jornada de travesía entre el Valle Carbajal y el lago Fagnano está signada por la imponencia del paisaje, las cascadas y la verticalidad de las laderas.

Por: Ricardo Caletti

ricardo@portal-patagonico.com.ar

Ushuaia(PP). Tras la primera jornada de travesía de las cordilleras fueguinas a través del Paso Beban, el grupo del que formó parte Portal Patagónico acampó bajo la protección de un pequeño bosque de lenga junto al río de las Yeguas, muy cerca de su naciente. El paso había quedado atrás, y la segunda etapa se organizó ya caída la noche junto al fuego en el que crepitaba la carne de cordero. Una fría nevizca y el cansancio del primer día de travesía apresuró el ingreso a las carpas y el sueño reparador. Las ropas y el calzado totalmente empapados se habían secado entre el humo de la leña. El rumor del río de las Yeguas, a pocos metros, acompañó durante toda la noche al grupo.
Gabriel Echeverría fue el primero en levantarse y reencender el fuego para el mate. Lentamente, Pablo Acerbo, Mariano Rojas y el cronista de esta nota fuimos emergiendo de las carpas y mientras circulaban los amargos con pan casero tostado en las brasas, el campamento se fue desarmando y las mochilas retomaron sus formas. Lavarse en las aguas heladas del río eliminó todo vestigio de sueño.
La luz de la mañana fue descubriendo el entorno que nos cobijó durante la noche, y que no se había mostrado la tarde anterior entre la nevizca y el cansancio de la primera jornada de travesía. Las montañas dejaban caer sus laderas más verticales en esta vertiente norte de la cordillera fueguina, con tonos ocre, marrón, rojizo, negro, verde, gris. Los bosquecitos de lenga y de guindo se evidenciaban más densos y la altura de los árboles, mayor. La primera visión pareció indicar que en esa vertiente de las montañas la humedad y las precipitaciones son mayores.

De nuevo en marcha
Acomodadas las mochilas en las espaldas, consultado el posicionador satelital y dejando listos para la tarea los equipos fotográficos y de video, el grupo se encaminó hasta un punto alto donde se pudo observar en toda su extensión, el primero de los valles a atravesar en esta segunda jornada. El río de las Yeguas, semejaba una culebra brillante con sus meandros, y los embalses de los castores con los árboles secos plateados en su interior, se iban repartiendo a un lado y otro del valle hasta donde la vista podía alcanzar. La imponencia del sitio, la certeza de la inexistencia de otros seres humanos a decenas de kilómetros a la redonda, la verticalidad de las cumbres que en muchos casos remataban en finas puntas piramidales, el agua blanca del río de las Yeguas contrastando con los tonos de la vegetación y de las laderas, el frío de la mañana colándose en los poros de la cara, fueron nuestros acompañantes en el primer tramo de ese día. Grandes extensiones de guindos y de lengas con formas achaparradas empezaron a hacer más lento el paso. Transitar por encima de ellos y de sus raíces escondidas supone un ejercicio adicional al de la marcha. El fondo del valle se cerraba a lo lejos, en forma de herradura, como ocurre en todo ese sector de la cordillera fueguina. Un grupo de guanacos cruzó fugazmente un claro del bosque distante unos 400 metros. Fue apenas como una ráfaga marrón que desapareció detrás de unos enormes bloques erráticos de basalto.
Hacia la izquierda comenzaron escucharse sonidos superpuestos de agua cayendo. Esa sensación casi orquestal de bajo continuo sumada a la del río de las Yeguas, que requería de permanentes vadeos, culminó con el descubrimiento de dos formidables cascadas que se desprenden de las lagunas Lola y Azul, y que caen acrobáticamente entre las laderas verticales salpicando el aire con fragmentos de arco iris.

La unidad de lo diverso
A cuatro horas de iniciada la marcha, el grupo se detuvo en el extremo del valle junto a un enorme dique de castores, y bajo un bosque de guindos. El fuego encendido y el café permitieron recuperar calor. La carne sobrante de la noche anterior calentada cerca de las brasas incorporó energías. En el sitio elegido para el descanso, el río de las Yeguas dobla casi en ángulo recto, ingresando en un cañadón estrecho que corre de sur a norte. Por encima del bosque, las paredes de las montañas caen audaces y entre ellas se veía un retazo de cielo por el que las nubes pasaban velozmente, fragmentándose entre las aristas de las cumbres.
Salí solo a recorrer los alrededores y pude advertir rastros de zorro y, por supuesto, de castores. Me senté junto a una piedra al pie de una de las numerosas cascadas del río. Las sensaciones y emociones más diversas empezaron a decantar en ese instante de pausa. Todo resultaba tan intenso en los sentidos y en el alma que, sin duda, era necesario un momento de soledad como para que no desbordaran. Pensé, entonces, en los arco iris que habíamos visto entre los torrentes que se desprenden de las lagunas Lola y Azul. Y me pareció que ellos sintetizaban lo que me estaba ocurriendo. Cada uno de los colores del arco iris son expresiones diferentes de una unidad que es la luz. Así, todas las sensaciones que vivía durante esa travesía eran múltiples manifestaciones de otra unidad: la de la índole misma de esos valles casi vírgenes de las cordilleras fueguinas, de los que brotan con toda intensidad el misterio original y la profunda belleza de la naturaleza.

Con el Lago Fagnano a la vista
Acomodada la mochila invisible de las emociones, me uní al resto del grupo. En unos minutos, estábamos de nuevo en marcha vadeando por enésima vez el río de las Yeguas, para ascender hasta un promontorio coronado por dos enormes guindos. Gabriel fue el primero en llegar y con su brazo extendido señalaba hacia el norte. Llegamos al lugar y allí nos abrazamos invadidos de alegría y de asombro. A lo lejos, un fragmento del lago Fagnano, gris, verdoso, brillante, se dejaba ver al fondo del valle. Nos separaban unas cinco horas más de marcha en descenso. Pero el territorio a atravesar no resultaba sencillo.
El grupo se fue abriendo paso entre bosques densos, en algunos tramos faldeando sobre zócalos de roca de las laderas para eludir los guindos achaparrados. En otros sectores la travesía se hizo directamente por el río, y en un tramo, bajando por el centro de una de las cascadas, para poder encaminarnos hacia un sector de tierra relativamente llano.
Transitando un bosque de lenga volvimos a encontrar en algunos troncos las marcas del hacha dejadas por Beban a principios del siglo XX cuando por ese paso arriaba a sus animales hacia áreas de pastoreo cercanas al lago Fagnano. Se sostiene que Tomás Beban había llevado hasta esa zona yeguarizos para poder manejar sus arreos. Tal vez de allí se desprenda el nombre del "río de las Yeguas".
Unas dos horas más adelante, el estrecho cañadón del río se fue abriendo, y al frente se empezó a ver la zona cercana al lago, conteniendo dos lagunas. Una gaviota cocinera sobrevolaba uno de los espejos de agua. Fue el momento del último descanso, y lo aprovechamos para cotejar el registro de aves que habíamos reconocido hasta el momento en las dos jornadas de travesía. Golondrinas patagónicas de rabadilla blanca, chingolos, caminera común, chimangos, cóndores, diucones, zorzales patagónicos, remolinera común, comesebos andinos, fio fio, rayadito, tordos, dormilona cara negra, ratona, yal andino, monjita cara negra, cabecita negra austral y gaviota. Una diversidad que muestra la riqueza de la vida en el interior de las cordilleras de la Isla Grande de Tierra del Fuego. Pero la lista se acrecentó más adelante. Tras dejar atrás una espectacular cascada del río de las Yeguas que se desploma en un anfiteatro de roca, el agua se calma y el curso comienza a discurrir en una pradera. Junto a una de las lagunas que hay en el sector reconocimos patos, macá común y parejas de cauquenes en las riberas.

La llegada a Bahía Torito.
Desde lo alto, Bahía Torito se ve como un enorme bostezo abierto hacia el lago. Las aguas se notan calmas, y el bosque llega hasta el borde mismo del agua. Las montañas de la costa de enfrente de Fagnano se recortan verticales y agresivas entre la bruma de la tarde. Es el cordón Beauvoir, el telón de fondo. Aún nos separaban dos horas de marcha, cuando una incipiente senda empezó a aparecer entre el bosque. Un signo humano que nos dio impulso cuando el peso de las mochilas ya parecía multiplicarse, y la humedad de las ropas y el calzado se unía a la transpiración interior nacida del esfuerzo de la travesía. El descenso se hizo sencillo de a poco. La senda se fue convirtiendo en caminito, y desde lo alto de un peñasco pudimos ver el humo de una chimenea. La Hostería de Bahía Torito estaba a la vista. Apresuramos el paso.
A lo lejos escuchamos un ladrido. Y aunque parezca absurdo, en zonas muy escasamente pobladas, generalmente es un perro el que evidencia la presencia humana. Pasamos por una bifurcación de senderos y tomamos el de la izquierda. El otro, lleva hasta un enorme claro donde se encuentran viejos corrales. Probablemente allí Tomás Beban encerrara el ganado con el que proveía de carne al presidio de Ushuaia.
Cruzamos por encima de unos troncos gruesos el río de las Yeguas por última vez, y el aroma de la leña invadió el aire. El humo de la chimenea estaba cada vez más cerca.
De repente el muro de lengas y guindos que bordeaba el sendero se interrumpió, y ante nuestros ojos, surgió un jardín de césped recién cortado, lupinos florecidos de los más diversos colores: amarillos, rojos, rosados, azules, violetas, celestes, junto a rosales espléndidos, y construcciones de troncos con las ventanas iluminadas.
Un setter marrón vino al encuentro de su entrañable amigo. Gabriel Echeverría abrazó a su perro,- Bruno-, un rato largo. Pareció un sueño transitar ese jardín.
Alejandro Echeverría y su esposa, Helena, -los padres de Gabriel-, salieron a recibir al grupo.  Habíamos llegado. Aunque en verdad nuestros músculos trataban se seguir automáticamente el movimiento de la marcha, y las imágenes y emociones se agolpaban de tal modo que la travesía parecía prolongarse. Acabábamos de dejar atrás 27 kilómetros de cordilleras en dos días inolvidables, habiendo partido del Valle Carbajal a 270 metros sobre el nivel del mar, para alcanzar en el paso Beban 1 los 760 metros, y en el paso Beban 2 los 825 metros, para descender hasta 25 metros sobre el nivel del mar en la costa del lago Fagnano.
Se abrieron las puertas de la hostería de Bahía Torito, y dejamos caer las mochilas al piso. Nos quitamos las camperas, y el calzado, y el fuego convocante ardiendo adentro de un tambor de 200 nos reunió junto a él. Fue el momento del abrazo entre todos, los que vivimos la experiencia de la travesía, y quienes nos estaban recibiendo.
Minutos después, unos confortables sillones sirvieron para desplomarnos en un círculo, y mientras el mate empezó a circular, nacieron los primeros intentos por sintetizar lo vivido.
Todo en la hostería Bahía Torito parecía satisfacer nuestros deseos. Hasta un teléfono desde donde hablamos brevemente con nuestros seres más queridos dándoles la noticia de la llegada feliz. Ya la noche había caído. Una ducha caliente, una cena exquisita, una sobremesa cálida en ese ambiente familiar, un brindis con buen vino, fueron ideales.
Alejandro Echeverría hace muchos años que habita en ese extremo del lago Fagnano. Es hermano del reconocido escritor e historiador santacruceño Mario Echeverría Baleta, y comparte la pasión por la historia. Así fuimos armando el rompecabezas del pasado relativamente reciente de ese rincón de la geografía fueguina, y echando luz sobre algunos pliegues poco conocidos de la región. La noche fue avanzando y con ella nuestro cansancio.
Las camas tendidas para el sueño, resultaron uno de los mejores premios para la culminación de esa jornada.
Sólo faltaba comprobar a la mañana siguiente el clima en el lago, para ver si era posible la navegación con alguna de las embarcaciones con que cuenta la hostería, para poder llagar hasta Laguna Palacios, donde se encuentra el Club de Caza y Pesca de Ushuaia. Hasta ese sitio llega el camino que conduce tanto a Tolhuin como a Ushuaia. Pero, eso ya no dependía de nosotros. La lluvia y el viento que comenzaron a golpear en las ventanas de la hostería Bahía Torito nos presagiaron lo que iba a ocurrir: Pasaron dos días antes de poder embarcar para cruzar el lago Fagnano. Dos días de compartir los recuerdos de lo recién vivido y la amistad surgida entre las montañas.
Pero esa noche, las imágenes del cruce del Paso Beban terminaron de incrustarse en mis sueños.

Publicado Sab 22 de Diciembre 2007 - 17:29 | Volver

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Entre las lengas, los exploradores comienzan con el descenso tan esperado. Foto: gentileza de Gabriel Echeverría. Inundaciones que producen los embalses construidos por los castores, animales introducidos en la isla de Tierra del Fuego y que hoy modifican los paisajes. Foto: gentileza de Gabriel Echeverría.
Vista del lago Fagnano. La meta está cada vez más cerca, un verdadero aliento para los aventureros. Foto: gentileza de Gabriel Echeverría. Formación rocosa de algunas montañas de la región que terminan en aristas. Foto: gentileza de Gabriel Echeverría. Entre las lengas, los exploradores comienzan con el descenso tan esperado. Foto: gentileza de Gabriel Echeverría.

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