PRIMERA PARTE. Portal Patagónico concretó la travesía del Paso Beban sobre el final del verano pasado, para compartir con sus lectores una experiencia conmovedora que nos conecta con la historia y con la intimidad del interior de la Isla Grande de Tierra del Fuego.
Ushuaia (PP). Las cordilleras fueguinas son un laberinto. Los valles se cierran sobre si mismos como herraduras, y las cumbres de las montañas son tan expuestas, verticales y agudas que impiden el paso por las cotas más altas. El frío, los vientos y la erosión de antiguos glaciares han esculpido las cimas, las laderas y los afloramientos de roca, con gestos filosos y temibles. Pareciera imposible que todo este conjunto pudiera transmitir tan intensamente una serena belleza que conmueve hasta lo más profundo.
Todo el sector austral de la Isla Grande, desde la costa del canal Beagle hasta el lago Fagnano tiene estas singulares características.
Ocurre que estas montañas y su casi inexpugnable desarrollo pertenecen a un basamento geológico y a un plegamiento que sólo se verifica en este sector del territorio argentino. El lago Fagnano ocupa la falla entre la placa Sudamericana hacia el norte, y la placa Scottia hacia el sur. Las montañas al sur del gran lago resultan así completamente diferentes a las del resto de la cordillera. En este escenario, existe una hondonada cubierta de turba profunda que, como un tajo, cruza de noroeste a sureste la geografía de este sector de la isla: el Valle Carbajal.
Ese fue el punto de partida de la travesía que concretó Portal Patagónico. El grupo estuvo compuesto por tres ex guardaparques patagónicos: Mariano Rojas, residente en Bariloche, Pablo Acebo quien vive en Plottier (Neuquén), y el cronista de esta nota. El integrante más joven y con el mayor conocimiento de ese laberinto montañoso, fue Gabriel Echeverría, de 33 años, nacido en Pico Truncado, Santa Cruz, y que con su familia vive en el sector oeste del lago Fagnano, en la hostería de Bahía Torito. Precisamente ese fue el punto final propuesto para la travesía después de cruzar el paso descubierto por Beban 99 años atrás.
Una historia presa de misterio
Desde muy pocos años después de la fundación de Ushuaia en 1884, surgió la preocupación por encontrar un paso que atenuara el aislamiento terrestre de la ciudad más austral del mundo, y que permitiera llegar a campos de pastoreo durante las invernadas para asegurar el abastecimiento de carne entre los pobladores. En 1903, con la inauguración del presidio, esta necesidad se incrementó. Por entonces, el joven Tomás Beban, jefe de bomberos de Ushuaia, era además el proveedor de carne para el penal. Con su amigo Pedro Péchar y un criollo de apellido Alcaráz, comenzó las travesías por las montañas en la búsqueda de algún paso.
Una de las primeras fugas de presos del penal de Ushuaia se produjo en 1908, y en esta oportunidad, las autoridades del presidio encomendaron a Tomás Beban ir tras la búsqueda de los penados, dado su conocimiento de la geografía de la isla. Y Beban encaró el desafío. Llegó hasta el Valle Carbajal, y encaró hacia el oeste noroeste. Al entrar al bosque, fue dejando marcas profundas con su hacha en los troncos de las lengas y de los guindos, a una altura de menos de un metro. El misterio de cierra sobre el resultado de la búsqueda de los presos fugados. Pero fue en esa ocasión que tras cruzar tres valles llegó hasta el fondo del último de ellos y se encontró con un paredón de acarreos de grandes piedras. Era accesible. Lo atacó y llegó hasta lo más alto. Ahí vio que detrás del primero, había otro, y
siguió su travesía. Entonces verificó que las laderas comenzaban a descender hacia la vertiente que culmina en el lago Fagnano. Por allí, durante años, Beban llevó sus animales hacia las áreas de pastoreo. Aún quedan antiguos corrales y algunos topónimos en la zona que aluden a esas invernadas.
El paisaje de hoy es singularmente diferente al que Beban pudo observar en 1908. Grandes extensiones de los valles interiores están cubiertas de agua producto de los embalses de los castores. Estos animales fueron introducidos en 1947, justo el año en el que el Presidio de Ushuaia se desactivó como sitio de reclusión de presos complejos y reincidentes, y se reservó para presos políticos.
Las marcas que dejara Tomás Beban en los troncos, hoy se las puede ver a más de un metro y medio de altura, a causa del crecimiento de los árboles en casi un siglo.
Comienza la travesía
A las siete de la mañana, el grupo partió de la Ruta Nacional 3 a 17 kilómetros de Ushuaia, ingresando al predio de El Solar del Bosque, en el Valle Carbajal. La nevada de la noche anterior brillaba en las cumbres. La altura sobre el nivel del mar que marcó en ese momento el posicionador satelital fue de 270 metros. Calentando músculos y hundiéndose en la turba, el grupo fue apuntando hacia el bosque y dejando atrás los últimos vestigios de actividad humana cercanos a la ruta y en las áreas que en invierno se usan para esquí de fondo. Hasta allí apenas, los teléfonos celulares cuentan con señal. Fue el momento de las comunicaciones con un mismo final: "hasta la próxima". Comenzaron a aparecer los embalses de castores, los troncos roídos, los diques construidos por estos animales que parecen poseídos por un cierto furor hidráulico. Los embalses obligan a hacer rodeos. Reflejan la inmensa belleza del entorno. Repiten las montañas. El viento hacía volar la nieve nueva del cerro Bonete, y hacia allí se dirigió el grupo, para bordear la base de esta montaña dejándola a la derecha e ingresar al valle donde corre el Río Beban. La turba deslumbra con sus colores brillantes, y en ella crecen pequeñas flores blancas en una cantidad insólita. En el ingreso al cañadón Beban por donde corre el río de este nombre, se levanta un pequeño y rústico refugio para los amantes de la actividad de montaña y del esquí de fondo. El grupo avanzaba despacio, las anotaciones sobre flora, aves, relieves, las tomas fotográficas, obligaban a la detención. Además el peso de las mochilas incrementado por equipos fotográficos y de video generaba la necesidad del descanso. A tres horas de marcha el grupo ingresó al Cañadón Beban.
Allí se pueden observar muchísimos diques de castores, manchones de bosques verdes y otros secos con sus troncos y sus ramas plateados a causa de la labor de estos animales, y al avanzar, se empezó a ver al fondo del valle, el glaciar del Cerro Ojo del Albino, que
trepa a 1.020 metros. Las cumbres se van haciendo cada vez más agudas, los cañadones más estrechos, los glaciares de montaña cuelgan como bandoneones celestes, y son cada vez más abundantes los sectores de lenga achaparrada que dificulta el avance. Un grupo de guanacos cruzó a lo lejos. Ráfaga viva entre tanta quietud. Es el único sitio en el que los guanacos eligen el ambiente del bosque en vez de la estepa.
Con el Paso Beban a la vista
Tras seis horas de marcha y detenciones desde la partida, el valle que atravesábamos iba cerrándose. Dejamos atrás la turba que en los sectores más altos cobra una extraordinaria diversidad de tonos y colores, e ingresamos en otro cañadón que corre de este a oeste, dejando a espaldas el hermoso glaciar Ojo del Albino. Allí nos detuvimos a comer algo e intercambiar la información de nuestras libretas de apuntes. Nos sentamos entre pensamientos silvestres amarillos debajo de un bosquecito de guindos. Los listados de las especies vegetales y de aves reconocidas iban creciendo de manera asombrosa. Gabriel calentó agua y un café renovó los deseos de seguir adelante. Registramos margaritas silvestres, otras muy parecidas que son la flor de la mata negra, pensamientos, orquídeas blancas, chaura, frutilla del diablo, notro, calafate, una extraña hemiparásita blanca con barbas amarillas que se fija en los cóihues de Magallanes, lengas arbóreas y achaparradas con hojas verde oscuro y algunos ejemplares deformados por el viento, guindos de hojas verde claro y algunas intensamente rojas y doradas.
Al fondo de este tercer valle, se observaba una pared de acarreos y, en los costados de ella, las formaciones rocosas oscuras levantaban conos altos como una extraña procesión de encapuchados. Teníamos por primera vez a la vista el Paso Beban Uno, y hacia ahí nos dirigimos vadeando 12 veces el río Beban. La sensación de completa ausencia humana en el lugar resulta intensa. La presencia de la vida natural con sus expresiones más genuinas y en un ambiente tan escasamente visitado por seres humanos toca hasta lo más profundo. El lenguaje vertical de las montañas empuja hacia arriba. Comenzó a llover y al rato, la lluvia se transformó en fría nevizca. Subimos por un filo rocoso ganando altura, y tras haber superado los primeros 11 kilómetros de marcha en una travesía de mediana dificultad, nos enfrentamos con la pared de acarreos. Dificutad severa. Acometimos el ascenso con mucho cuidado en dos grupos de dos subiendo en formación paralela, para evitar la caída de piedras. En lo alto del Paso Beban 1, el altímetro registró 760 metros sobre el nivel del mar. Abajo, se veían los valles zigzagueantes, los manchones de bosques, los embalses de castores como espejos rotos. Y hacia delante, el segundo desafío. Hubo que faldear una larga lengua de acarreos sueltos y lenguas de nieve para llegar a un punto más alto: el Paso Beban
2. Desde allí se ve a través de las montañas, el profundo tajo del llamado Falso Paso Beban y al fondo, hacia el sur, las montañas de la isla Hoste, en Chile, al sur del canal Beagle. Si uno se confunde y toma por allí, vuelve lamentablemente al punto de partida, como en el juego de la oca.
Los altímetros coincidieron en que en lo alto del Paso Beban 2 habíamos alcanzado los 825 metros. El toda esa zona superior de filos rocosos, entre los acarreos aparecen deslumbrantes fragmentos de cristales de cuarzo, profundamente transparentes, blancos, rosados, verdosos, con pintas negras. Otro impacto en los sentidos. Un curso de agua blanca, lechosa, caía salpicando en las piedras y haciendo aún más relucientes los cristales. Es la naciente del río de las Yeguas que desagua en el lago Fagnano. El viento se hizo fuerte y la nevizca, nieve. Ya empezaba a caer la tarde. Buscamos un bosquecito de lengas, y armamos las carpas alrededor de un reparador fuego junto el que pusimos a secar toda la ropa y el calzado completamente mojados. La noche cayó rápido, y la carne asada a la brasa y un vino que formaba parte del exceso de peso de las mochilas, encendió la charla de los cuatro integrantes de esta experiencia, en el medio de la soledad fueguina, felices de celebrar una vez más la comunión con la naturaleza de nuestra Patagonia Austral, y poder compartirla desde estas páginas. El rumor del Río de las Yeguas acompañó nuestro sueño. Habíamos superado el Paso Beban en la primera jornada de 16 kilómetros de travesía.
En nuestra próxima edición, le proponemos acompañarnos en la etapa de descenso hacia el lago Fagnano, completando este viaje a la intimidad de las cordilleras fueguinas, a la historia y al asombro.
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