Portal Patagonico
Año 5 Nro. 29

De los glaciares al Océano

Por Antonio Torrejón
Colaborador Especial.

Luego de la contrariedad de las Islas Malvinas, consideremos que era una alternativa de difusión, promoción y reivindicación de nuestros territorios australes, concretar un acontecimiento turístico-deportivo, que por su originalidad, pusiera en marcha la generación de noticias positivas. Para este programa convocamos a las tres fábricas de embarcaciones neumáticas argentinas: Ferramar, Conumar  y  BIM.
La aventura comenzó el 28 de Noviembre de 1982, en la base aérea de El Palomar, cuando el Hércules C-l30 de la Fuerza Aérea Argentina decoló rumbo al sur, llevándonos a hombres y equipo, a realizar el Primer Safari Náutico del Río Santa Cruz denominado Comandante Luis Piedra Buena. Fue organizado por la Secretaría de Turismo de la Provincia de Santa Cruz, la Liga Naval Argentina, la Editorial Abril y el diario Clarín, y tuvo carácter de adhesión al Centenario de la localidad de Puerto Santa Cruz, ex-Capital de la provincia.
Nuestro propósito era promocionar las posibilidades que ofrecen los ríos y espejos de agua de aquella zona -como él Lago Argentino, el Río que le da su nombre a la provincia y la costa atlántica- para la práctica de deportes náuticos, el trekking, campamentismo y el estudio de la flora y fauna patagónica.

Visión inolvidable

Desde el avión, sobrevolando la zona del Glaciar Perito Moreno, el espectáculo era imponente. El glaciar se extendía ante nuestra vista con su inmensidad blanca, refulgente, como la visión de un paisaje extrahumano. No alcanzan las palabras para describir tanta belleza o definirla en su real dimensión.
La zona de los hielos continentales, con sus 2200 kilómetros cuadrados de superficie, constituye la masa glaciaria más extensa e imponente del Hemisferio Sur, fuera del circulo polar Antártico. En las cuencas de los lagos Viedma y Argentino descienden trece grandes ventisqueros, de los que sobresalen por sus características el Upsala, el más grande del planeta, con 595 kilómetros cuadrados, y el Perito Moreno, único en el hemisferio en cuanto a avance. El espectáculo que ofrece al visitante, con el atronador desprendimiento de sus paredes de hielo de cuatro kilómetros de ancho y con la continua caída de témpanos desde una altura de 60 metros, es sobrecogedor. El ciclo de roturas se producía aproximadamente cada tres años y estábamos en vísperas de una de ellas.

Preparativos

La navegación comenzó junto al Glaciar Perito Moreno, donde el Secretario de Turismo de la Provincia de Santa Cruz, Pedro Urbano, con el Asesor Provincial, Antonio Torrejón, se dispusieron a izar el pabellón Nacional y dar así la correspondiente señal de partida, que se produjo en 21 embarcaciones tripuladas por 33 personas. Capitaneados los ll kayaks por el reconocido deportista de Puerto Deseado, Marcos Oliva Day.
La primera etapa la comenzamos en Charles Fuhr, un viejo casco de estancia junto al río Santa Cruz, a pocos kilómetros del Lago Argentino y del Glaciar Perito Moreno, del que habíamos partido simbólicamente. La experiencia previa a la partida tuvo lugar precisamente en el Lago Argentino, al que recordamos con los botes neumáticos. Las autoridades presentes insistieron en extremar las medidas de seguridad, aunque sucumbieron también a la tentación de abordar las embarcaciones para recorrer el helado paraje. No eran vanas por cierto las prevenciones. El riesgo que implica el desprendimiento de grandes bloques de hielo desde el glaciar es  grande.

La primera  etapa

Armamos en Charles Fuhr los 6 botes neumáticos nacionales -dos Ferramar, dos Conumar y dos Bim-, propulsados por motores Suzuki de 25 caballos, que fueron cedidos por el Astillero Regnícoli. Las unidades estaban comandadas por Oscar Fernández Real, Fulvio Angel Razza, Villamil, Diego Rueda, Jorge Solari y Eduardo Romano.
El entusiasmo era general, el tiempo bueno y el río no parecía demasiado agresivo. Diego Rueda, capitán general de la expedición, se movía de un lado a otro, fotografiando y supervisando todos los detalles. El Director Nacional de Turismo, Horacio Burbridge, con su habitual humor, ayudaba en el armado del bote en el que viajaría. Las autoridades de Prefectura efectuaron una exigente revisión y control de las naves y vestimenta de las tripulantes: trajes de neoprene, chalecos salvavidas, la boza y la codera. Finalmente partimos, ante la mirada atónita de algunos lugareños. Nos acompañaban cuatro kayaks, dos canoas canadienses y cuatro botes de apoyo; dos de la Armada, con seis buzos de salvamento del Comando del Área Naval Austral, al mando del teniente de fragata Jorge Marello. Un verdadero apoyo a lo largo de toda la travesía por su experiencia marinera y calidez humana y dos de la prefectura, a cargo del prefecto Scerviño, de Puerto Santa Cruz.
Los 400 kilómetros hasta la desembocadura del río Santa Cruz terminaría en el puerto homónimo, a orillas del Atlántico una semana después. Las aguas heladas del río, con una temperatura media de dos grados, nos hizo comprender las exigencias de las autoridades en materia de equipo personal, ya que cualquier accidente que produciera el contacto de algún tripulante con el agua, podía tener graves consecuencias. Las correntosas aguas de este río, donde es posible la pesca de diversas especies, corren hacia el mar bañando mesetas de una singular belleza a pesar de su desnudez y absoluta soledad.
Las aves se extrañaban ante la ruptura de su orden ancestral, maravilladas por nuevos rumores que no eran habituales, observaban a esos raros seres que se atrevían a pasar por allí. Parejas de cauquenes, patos silvestres, avutardas, gaviotas y aves de todo tamaño volaban sorprendidas sobre nosotros. En una isla de roca descubrimos una colonia de gaviotas y nos mezclamos entre ellas. Allí pudimos tomar pequeños huevos de las crías y sorprendernos con un nacimiento.
Algunas veces desembarcábamos en alguna de las márgenes del río, sobre playas pedregosas y, muy cerca, observábamos liebres, zorros y guanacos. Al mediodía buscamos un lugar para comer algunos de los platos especiales que preparaba nuestro amigo Diego Rueda. Su variedad parecía no tener fin. Pero antes de llegar a Cordón Alto nos sorprendió con un menú gratificante, que consistió en sardinas, cebolla cruda, manzana, papa, zanahoria, arvejas y mayonesa. Un verdadero manjar.

Siempre viento

El paisaje es monótono, pero a medida que avanzábamos observamos la variedad del color de las flores silvestres, entre las que contamos más de 10 especies pegadas a la orilla o cubriendo mesetas sobre el verde de las pasturas. Son flores de vinagrera de un rojo intenso muy particular. La presencia del viento fue permanente, parecía ser el compañero inseparable del ambiente. Sólo una férrea voluntad lo hacía soportable. No obstante sin ese viento, característico del paisaje patagónico, el viaje no hubiera sido el mismo. Su sonido nos rescata del silencio. Las tripulaciones, matizando el panorama que se presenta ante sus ojos, fueron sorteando los inconvenientes típicos de una travesía de este tipo. Se afrontó fuertes correntadas, remolinos y una marejada importante que, en la desembocadura del río, tienen una amplitud de 12 metros, o sea de un edificio de cuatro pisos de altura.

Campamentos

Las seis etapas de la travesía se sucedieron con distintas alternativas en cada caso. Acampábamos en lugares absolutamente desolados o próximos a los puestos de algunas estancias del lugar, donde nos esperaba un grupo de apoyo liderado por el amigo Cabezas, del gobierno local, con el clásico asado de cordero estaqueado del que comimos una cantidad digna de mención. Allí, los hombres de campo que preparaban la carne asada nos acompañaron comiendo y bebiendo, además de cantar junto al fogón de la medianoche. Un aspecto que nos sorprendió a todos los participantes fueron los extensos atardeceres de la región. Hasta las 22 horas era posible observar una claridad casi total, pues en diciembre recién a esa hora comienza la noche austral, mientras que las bajas temperaturas (dos grados bajo cero), -llegaba a los veinte grados durante el día-. Al caer la noche, una luna llena gigantesca apareció en escena y produjo imágenes fantásticas antes de esconderse detrás de los cerros.
La segunda etapa concluyó en la balsa de Cóndor Cliff, un área donde el gobierno provincial proyectaba construir una importante presa hidroeléctrica, que daría aprovechamiento al caudaloso río Santa Cruz sin coartar su maravillosa navegación.

Homenaje a Piedra Buena

La llegada a la isla Pavón, al finalizar la quinta jornada, marcó un hito trascendente en este raid. El Asesor Provincial de Turismo, quién le escribe, Antonio Torrejón, dijo: "Nosotros le rendimos un sentido homenaje al pie de la bandera situada frente a su casa (reconstruida y actual museo) y nuestro recuerdo y admiración voló muy al sur, donde sus hazañas como marino, salvando náufragos de todas las nacionalidades lo convirtieron en leyenda", palabras que pronuncié luego del izamiento del pabellón nacional. En la Isla sé encuentra un museo que perpetúa la memoria y la gesta emprendida, hace más de un siglo por el comandante Luis Piedra Buena, defensor de nuestra soberanía territorial en las lejanas tierras del sur. Este prócer nació en Carmen de Patagones el 24 de agosto de 1833 y falleció él 10 de agosto de 1883, a los 50 años de edad.

Última etapa

Desde la isla Pavón hasta nuestra meta, el río se ensanchaba cada vez más, hasta convertirse en una ría similar por su aspecto a las clásicas rías gallegas. Sin embargo, nos aguardaba una verdadera prueba de fuego ya que nos sorprendió una violenta tormenta, con vientos superiores a los 100 kilómetros por hora. Los botes se sacudían con violencia, pero la habilidad de los timoneles ganó la partida. A pesar de contar con 400 kilómetros de navegación detrás de nosotros, realizada en una semana, los timoneles pudieron gobernar las embarcaciones y aprovechar el viento y la marejada, orientando la proa hacia nuestro destino final. La llegada a Puerto de Santa Cruz coincidió con los festejos de su centenario. Los habitantes de la pequeña población en su totalidad, junto a sus autoridades, nos aguardaban dándonos una excepcional bienvenida. Una banda de música y el clamor de los pobladores fueron el emocionante toque final para la aventura. Una demostración acuática con características de desfile fue nuestro homenaje a esa gente.

Publicado Jue 08 de Noviembre 2007 - 13:28 | índice de notas

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Dimensiones: 640 x 432 Tamaño: 78.56 KB Llegada de las lanchas del último Raid celebrado el 15 de febrero de 2007. El recorrido fue el mismo, pero a la inversa. Foto: Juan Cruz Ordóñez (PP). Dimensiones: 640 x 480 Tamaño: 82.40 KB Con embarcaciones más modernas que las de 1982, el espíritu fue el mismo que motivó a aquellos precursores de la navegación del río Santa Cruz. Foto: Juan Cruz Ordóñez (PP).  

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