San Martín de los Andes (PP). La cultura cristiana, proveniente del hemisferio norte, aportó en América todos sus ritos y sus mitos. En algunos casos, como en el de las Fiestas de Fin de Año, no importó la diferencia astronómica que naturalmente existe entre ambos hemisferios terrestres.
Lo que la cultura cristiana denomina “Las Fiestas”, tiene su inicio el 24 de diciembre. Allí se depositó el nacimiento de Jesús, como un fenómeno que evidencia los ciclos recurrentes de la muerte y la resurrección de todo lo vivo. Una semana más tarde, levantamos las copas dándole la bienvenida al año nuevo.
Esta celebración tiene su origen en los antiguos pueblos nórdicos europeos en coincidencia con el inicio del invierno boreal. El 21 de diciembre es el día más corto del año en el hemisferio norte, y la noche más prolongada. A simple vista, apenas tres días más tarde, cualquier observador puede verificar que el sol sale antes y se pone después. Es entonces que el motivo para celebrar aparece a la vista: la luz regresa, y con ella la vida en sus ciclos recurrentes. La hoja va a volver al árbol, los animales van a tener sus pariciones, los pastos van a volver a crecer, el agua a correr nuevamente detenida por la nieve y el hielo. El cielo se va a volver a iluminar cada vez más temprano. No puede resultarnos extraño que en estos rituales que los herederos de esta cultura compartimos hoy, iluminemos los cielos con fuegos artificiales, tengamos como centro de la escena a un árbol preferentemente de hoja siempre verde, y que repartamos regalos que impliquen la certeza del regreso de la abundancia. Pues bien. Esto es completamente coherente para el hemisferio norte.
Pero en el hemisferio sur, el día más corto del año es el 21 de junio, el del comienzo del invierno, y tres jornadas más tarde, los pueblos originarios advertían que el sol empezaba a salir más temprano y a ponerse más tarde cada día. Es el solsticio de junio. Es el año nuevo de los pueblos del sur del planeta: la Fiesta Grande, -Areté Guazú-, de los guaraníes, el Inti Raymi o Fiesta del Sol entre los quechua, el Wiñoy Xripantu de los mapuche.
Y este 24 de junio, una vez más, entre los esteros mesopotámicos, las quebradas puneñas, o las estepas y los bosques de nuestra Patagonia, los pueblos del sur del mundo volvieron a celebrar el regreso de la vida. En la celebración mapuche, los integrantes de las comunidades se reúnen alrededor del rehue,- lugar sagrado-, y allí se comparte el alimento, la danza, la bebida ceremonial, el diálogo, el consejo, circula el conocimiento de los mayores, y se lleva a cabo una rogativa. El sentido de esta unión colectiva en el ruego es para que todo aquello que tenga oscuridad, retroceda, al igual que ocurre en los cielos.
Vaya a saber por qué en nuestra sociedad está instaurada la creencia de que en el invierno los días se acortan y las noches se alargan, cuando ocurre exactamente al revés. El 21 de junio, el del comienzo del invierno, es la jornada con menos horas de luz solar y más de oscuridad. Y a partir de ese inicio invernal, el sol sale cada día antes y se pone después, para alcanzar el día más largo del año,- el 21 de diciembre-, que es el del comienzo del verano. Ahí sí, los días empiezan a acortarse mientras se van prolongando las noches.
El hecho es que en nuestra Patagonia, mientras en el extremo austral fueguino se festeja la noche más larga en Ushuaia, los pueblos originarios de la región se preparan para su fiesta de la vida que regresa: el año nuevo del sur del mundo.
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